lunes 10 de noviembre de 2008

El príncipe

«El Príncipe» ha muerto, lo encontraron ayer abandonado en un tugurio. Era un tipo delgado, alto, delicado, con un modo de andar extraño y minucioso. Antes todos le decían «La Princesa», pero luego del brutal altercado con Artemio comenzaron a llamarle «El Príncipe».
Fue encontrado ayer decapitado y capado, sentado en la letrina más asquerosa del recinto. Cuentan algunos que tenía la cabeza cercenada entre las manos y un falo moribundo incrustado en la boca. Lo primero que se pensó fue en un acto de homofobia. Lo que en verdad pasó -y nunca se sabrá- fue que el mismo Príncipe quiso meterse su falo en la boca, y fue tan grande su esfuerzo por lograr esa proeza que se quebró la nuca, y el cuello se le desgajó hasta quedar literalmente partido, la cabeza colgándole; y como hubo perdido la conciencia ya, doblado, retorciéndose, luchando inútilmente, mordió su miembro sin saber lo que mordía e, inconcientemente, lo arrancó, y así quedó, tal como lo hallaron, postrado en el último rincón de aquel tugurio maloliente.

Lima, febrero de 2007.

sábado 8 de noviembre de 2008

El último instante

Pensaba en ti cuando pasó. Iba diciéndome: ¿Hasta cuándo voy a esperarte? Me suponía respuestas tuyas casi interminables. Las asumía como tú hubieses asumido alguna de ellas, imitando gestos y posturas, utilizando distintos tonos para la misma e irrevocable prórroga: «Te avisaré uno de estos días, Manuel».
Y valgan verdades que pensaba mucho en ti. Lo hacía en ese instante mientras cruzaba el asfalto, emocionándome y pensando en otras tantas: ¡miles de respuestas que jamás habrían de ser como las tuyas!; suponiéndome en tu boca dando otra respuesta quizás ahora atinada.
¡Tenía que pensar en ti en ese momento! Pudo ser a cualquier hora, en cualquier sitio, mientras untaba esa mañana al pan la mantequilla o mientras recorría, con poca admiración, las páginas del libro de Maeterlinck. Pero no.
Hubiera sido ideal no ser tan necio, nacer de otra manera para evitar la contumacia. ¡Qué sé yo! «Ser diferente». Sobre todo ayer que iba cruzando el asfalto y te pensaba, porque hacerlo –y tú lo sabes bien- es dejar a un lado casi todo y olvidarse del mundo. Tenía a aquel gigante de metal ya sobre mí, tocando estrepitosa, inexorablemente el claxon, quemando los neumáticos sobre la pista... ¿Qué tiempo quedaba para mí? ¿Qué tiempo, amor, para entender cuán peligroso resultó pensarte ese momento?
Yo estaba ahí (ahora lo sé), yo estaba ahí aquella mañana, pensándote, mientras mi vida comenzaba a hacerse trizas y el espantoso grito de la gente al verme destrozado me hacía comprender que ya no volveríamos a vernos, que aquella cita nunca llegaría.

Lima, agosto de 2007.

Rastro perdido

Ya la he perdido.
Escribo desde el fondo de la casa que en antaño fue su hogar, nuestro refugio. Ya nada importa ahora.
Es vano recordar esa mirada agonizante, su textura áspera y rugosa, sus garras desafiantes y la suntuosidad de sus nervudas ancas. Lo mejor será olvidar su paso por este lugar.
Se marchó hacia la llanura hace unos años y sé que está mejor sin mí, lejos para siempre, libre ya de su prisión y de sus cancerberos fustigantes.
Ella nunca entenderá mi amor, tan solo existe para preservarse y no para reflexionar sobre los hombres y sus sentimientos.
Ella posee tres juegos de dientes, uno detrás de otro, cada uno más monstruoso que el anterior. De manera que es fácil sospechar cuán destructiva es su mordida. Lo comprobé la tarde en que escapó de aquí, por eso escribo en este cruel refugio donde tantas veces contemplé su luz, aislado de la gente que hoy en día me condena.
Desde entonces nadie ha vuelto a verla, y es probable que jamás regrese. La llanura quizás le ofrezca calma y pábulo para sus fauces; yo sólo le he enseñado el tedio y el dolor.

Lima, julio de 2006.

sábado 18 de octubre de 2008

Muerte de Jesucristo en Los Barracones

Esta mañana fue encontrado el cuerpo sin vida de un hombre de aproximadamente 33 años cerca de un terreno baldío en el Asentamiento Humano Los Barracones con muestras visibles de haber sido torturado y ultrajado. Alambres de púas en las muñecas, horribles contusiones, fuertes hematomas y un desgarro anal claro y visible, fueron evidencia más que suficiente para que la policía determine que el móvil del crimen aparentemente sea un ajuste de cuentas. Horas más tarde se supo la identidad de la víctima. Se trata de Jesús de Nazareth, hijo de un carpintero y conocido profeta. Para las autoridades, los presuntos asesinos serían un grupo de delincuentes conocidos como «Los Superhombres», banda subversiva que opera en nuestro país desde hace varios años, y entre cuyos principales crímenes se encuentran el secuestro y asesinato del Arzobispo de Ayacucho, Monseñor Vidal Moreno, y la toma de rehenes que acabó con saldo trágico (27 muertos) en el Templo «El Buen Pastor» de Villa El Salvador.

En las inmediaciones nadie quiso opinar al respecto. Ante las preguntas de la policía y la prensa, los pobladores se mostraron recelosos. Se presume que los delincuentes los han amenazado con destruir la parroquia local. La policía anda tras los pasos de estos avezados delincuentes.

Por otro lado, fuentes confidenciales pero confiables nos informaron que los delincuentes lanzaron arengas durante la madrugada antes de perpetrar este execrable acto. ¡Muera Cristo!, gritaban. ¡Viva El Superhombre! Con el asesinato de Jesús de Nazareth, la Iglesia enfrenta la que es quizás su crisis más profunda, una crisis de la que difícilmente podrá salir airosa. La pregunta que se hacen ahora muchos creyentes es ¿cómo haremos para seguir el camino sin nuestro líder? La suerte, al parecer, está echada para el cristianismo. Todo hace indicar que «El Superhombre» ha ganado la batalla.

Lima, diciembre de 2007.